Cambio climático, riqueza y poder

El Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC) es el organismo de las Naciones Unidas para evaluar la ciencia relacionada con el cambio climático. Su nuevo informe ha revolucionado los medios durante las últimas horas, aunque no nos dice nada que no supiéramos, excepto quizá los detalles con toda su crudeza y que podemos leer en este enlace, que contiene además un interesante mapa interactivo para consultar.

Lo que se debate en realidad al tener este tipo de informes es todo el sistema de vida sobre el que estamos asentados globalmente en donde la característica más llamativa es la desigualdad entre individuos, regiones y países en lo que se refiere a su cuota de riqueza y poder, indisolublemente unidos dentro de este sistema. Precisamente el cambio climático nos pone ante la única cosa para la que de verdad somos todos iguales: las consecuencias nocivas sobre el planeta de un consumo incontrolado de energía.

Es realmente difícil, si no una quimera, intentar cambiar tal sistema de cosas. Parece que a todo el mundo le gusta vivir bien, a pesar de que la mayoría carezca del mínimo vital o, quizá más exactamente, a costa de que otros carezcan de ese mínimo.

El casoplón recientemente descubierto de los Obama, los salarios astronómicos de jugadores de fútbol de élite y de otros poderosos que, aparentemente al menos, ostentan toda legalidad y presunta transparencia, nos hacen reflexionar en que, si esto es lo que hacen los buenos ciudadanos, ¿qué no harán los malos?

Sin entrar en juicios éticos sobre la nefasta influencia de la vida privada de quienes ostentan el poder de cambiar las cosas al más alto nivel, lo cierto es que, si no acabamos con eso y no tomamos conciencia de la igualdad esencial de los seres humanos y del derecho a esta igualdad que todos poseemos, nunca seremos capaces de cambiar el rumbo de la historia, avocada irremisiblemente al colapso. Es muy probable que ya no se pueda hacer nada por falta real de tiempo y por la actitud recalcitrante de quienes se sienten con derecho a ejercer su propiedad, su inmensa riqueza acumulada hasta el final, en el sentido literal de la palabra.

No bastaría con que un Estado aboliese, por ejemplo, esta propiedad privada, porque ya hemos tenido algún que otro ejemplo fallido. Sería cuestión de hablar por unanimidad de la propiedad social de los bienes y eso sí que resulta imposible en la práctica (a pesar de vivir, al menos algunos como nosotros, en Estados sociales). No tenemos ningún indicio de que algo serio vaya a cambiar, sino que, como siempre, hay indicios de improvisar paños calientes que quizá prolonguen la agonía unos (pocos) años más. Energía limpia por aquí, ampliación de aeropuertos por allá.

El planeta nos está recordando desde hace décadas que es un bien de todos y a todos nos urge cuidarlo. Pero algunos no hemos hecho caso, los que tienen poder han preferido mantener votos, y los ricos han mirado hacia otro lado mientras su montaña de oro crece.

Una decepción. La muerte solo deja el recuerdo a quienes nos han regalado su amistad. Una sombra del pasado que acabará también. No cuenta la riqueza ni el poder. Pero en la vida debería contar la pobreza como una lacra a erradicar. ¿De qué sirve tanto sufrimiento inútil? Solo para subrayar la estupidez del ser humano. Un planeta inerte para olvidar, si es que hay alguien en el universo para hacerlo.

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