ALARMA, palabra prohibida

Test masivo a corta distancia

Se habla de segunda ola y la verdad es que yo no la veo así, sino como un continuum in crescendo desde que comenzó la pandemia. Recordemos que, a la semana de comenzar el estado de alarma, ya había gente protestando y en las sucesivas sesiones parlamentarias cada vez votaban a favor menos fuerzas políticas. Una más no hubiera salido. Así es que se hizo lo que el pueblo pidió por medio de sus representantes.

La cuestión es que yo pongo en duda que nos representen en general y en este caso en particular. Porque no se han reflejado todas las sensibilidades, sobre todo a partir de la desescalada que se ha convertido más bien en una escalada a partir de la desorientación institucional y la irresponsabilidad social. La ciudad-estado de Madrid y sus faraones irredentos ha sido y sigue siendo el paradigma del desastre nacional en que se ha convertido esta etapa postalarma, con la falta de provisión de las CC.AA., responsables directas de ello, tras devolverles el Gobierno central lo que reclamaban intensamente.

Hemos perdido la cuenta de los rebrotes, muertos e infectados durante estos meses. Las cifras marean, sazonadas por las noticias que nos llegan a escala mundial. Ahora las Comunidades reculan y apelan a la misericordia del Gobierno central, sobre todo aquellas dirigidas por el PP y sus comparsas muy certeramente representadas por Madrid. Pero eso sí, sin reconocer en ningún momento los errores propios (por otro lado comprensibles en parte) que apelan a su responsabilidad cada vez más clara según van pasando los meses. Se ha encargado Ayuso de aclararnos a todos que la presencia del presidente de España en su palacio madrileño, no es una tutoría, sino una colaboración. ¡Oh irredenta ignorancia incapaz de reconocer humildemente que no ha sido capaz de afrontar la situación por su ciega postura de hacer todo lo contrario a lo que le pedían desde las instancias sanitarias!. Aún tienen que explicar en qué gastan los millones que desde el Gobierno central se les da para atacar la situación: sin más personal sanitario, sin rastreadores, sin control en los lugares y transportes públicos. Es la ciudad de España que más ayudas ha tenido sin duda alguna y aún reprochan al Gobierno que se les ha marginado y atacado. Es la gestión más nefasta que hemos visto, a la altura del mismísimo Trump, pero sin su poder internacional.

La cuestión de fondo de esta era postalarma, es que se le teme por sus consecuencias económicas como si fuera el mismísimo diablo. Y se ve con claridad la elección: salud o economía. No pueden ser las dos cosas juntas.

Ese pensamiento fue el que movió la desescalada, consentida por el Gobierno Central, porque ya se le amotinaban las masas. Pero la gente olvida lo que quiere: fue precisamente el Estado de alarma el que nos salvó de no sabemos qué mortandad ni qué consecuencias sanitarias y económicas. Nos pusimos a salvo y se mantuvieron sin embargo todos los servicios básicos. Personalmente fui uno de los que no paró de trabajar y créanme, era mucho menos peligroso deambular por las calles entonces para cumplir con nuestro deber que ahora, en donde el descontrol y la ignorancia son el pan nuestro de cada día.

La economía no se ha hundido porque está cambiando a nivel mundial para poder salir adelante. Está claro que aún falta mucho por cambiar. Pero sin vida no hay trabajo, sin salud no hay economía.

Las PCRs tampoco son la panacea, con su gran variedad y sus porcentajes de imprecisión. Es tal galimatías que los de a pie no lo entendemos y nos tenemos que fiar de lo que nos dicen desde el ministerio de sanidad. Lo sensato es hacer directamente lo que manden y no, por nuestra cuenta, tomar test y otras medidas privadas, sin el visto bueno de la autoridad competente. Aún así nos encontramos con descontroles como las aglomeraciones para hacer test a los maestros, y un largo etcétera. Facilitamos un artículo técnico que habla de esta cuestión y les mostramos algunas de sus aseveraciones:

(…) Con la prevalencia actual en España, mucho menor del 1%, los resultados de las pruebas indiscriminadas (en poblaciones, en profesores, etc.) deben ser aún peores, generando enormes volúmenes de falsos positivos mientras escapan a la detección por pruebas una parte sustantiva de los pacientes contagiosos. Confusión otra vez.

En realidad, si la transmisión fuera lo suficiente alta para que tuviera sentido el cribado poblacional, deberíamos olvidarnos de las pruebas y pasar directamente al confinamiento general (…)

La confusión no es gratis. Genera malestar (pacientes irritados reclamando agriamente a sus médicos de familia la prueba inadecuada en el momento inadecuado), incertidumbre (colas de personas haciéndose una prueba cuyo resultado nadie podrá interpretar razonablemente), despilfarro (recursos que se emplean sin generar valor), baja calidad asistencial (retrasos en las pruebas que realmente son útiles), más contagios (falsos negativos que no se aíslan) y pérdidas económicas a las familias (falsos positivos que deben ser aislados).

El uso de pruebas diagnósticas ya es bastante complicado. Mejor no complicarlo más desde la ignorancia o el populismo.

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A mi modo de ver no debe asustarnos que la sociedad se ralentice en un estado de alarma que de modo parcial o general se vuelve a ver cada vez más probable. Se ralentiza porque la actividad no se para del todo. Pero ahora ya tenemos más datos y medios que sabemos necesarios para ir superando las dificultades económicas. Las medidas legales ya puestas en marcha que aseguran la supervivencia de la sociedad en condiciones dignas, así como la inclusión en el mercado laboral de muchas más personas que pueden ayudar en diversos campos, aparte de los servicios básicos, son una herramienta que antes no teníamos. Y, dicho sea de paso, no me parece que se militaricen ciertos servicios que pueden hacer profesionales en paro eventual. Quizá su función podría ser de ayuda en el control del cumplimiento de las normas, que eso sí les corresponde. Mucho me temo que se les ha escogido a ellos porque así no hay que desembolsar más dinero para los nuevos profesionales incorporados al trabajo, que siguen brillando por su ausencia. El dinero, repetimos, no debería ser el criterio.

Pero falta el compromiso social de vivir una vida menos extrovertida y constreñida a las necesidades más indispensables. Mientras no tengamos verdaderas barreras (vacunas) contra el virus no nos queda más remedio que poner las barreras naturales de distancias, ralentización de la actividad de todo tipo y tratar de comprendernos como un todo social que nos necesitamos mutuamente para sobrevivir.

Si no hay que viajar, si el comercio no puede sacar las ganancias que tenía, si la cultura se paraliza por momentos, hay otros medios de seguir trabajando y hay unas ayudas estatales y europeas que nos ayudarán a superarlo. Las tecnologías nos han dado un buen ejemplo de lo que es comunicar el arte y la cultura desde el encierro. Los Bancos centrales crean el dinero a voluntad. Es perentorio cambiar el sistema económico y que los parches que se van poniendo ahora funcionen de inmediato para pagar precisamente a todos aquellos que tienen que dejar de trabajar por el bien de todos.

Seguramente nuestra vida futura no vivirá el despilfarro general de medios y energía que ahora tenemos. Pero eso ha de comenzar ya ahora. Personalmente lo practico y créanme, no es tan difícil, sobre todo cuando tomas conciencia de ser social y no de un ser individual abandonado a su suerte. Ser útil a la sociedad en este momento es guardar a rajatabla todas las directrices que se nos dan, aunque estas vayan cambiando según se va aprendiendo de los errores.

Pero no temamos al confinamiento. El estado de alarma no es el fin del mundo. Nunca lo ha sido y no tiene por qué serlo. Hoy tenemos los suficientes medios técnicos para afrontarlo.  Es preferible un confinamiento voluntariamente aceptado por todos que este mareo de falsos positivos y negativos que de un día para otro te cambia la vida en una dirección y su contraria.

Y un último apunte: la oposición no ha estado a la altura y ha llevado al caos a las Comunidades gobernadas por ellas. No hay nada perfecto, pero muchas cosas (incluidas muertes y contagios) se hubieran evitado si la actitud hubiese sido de colaborar hombro con hombro y no de pensar, como siempre, en los réditos electorales. Y da vergüenza su vocabulario. Para mí están siendo lo peor de la pandemia, aparte, claro está, de los muchos fallecidos, de los enfermos, de las secuelas de salud y de sus familiares. Pero, aún así, esta terrible situación sería más llevadera si su talante cambiara y dejara de echar leña al fuego. Ser oposición no es ser palmero, como dijo el de Compromís, pero tampoco consiste en poner palos en las ruedas sin motivo razonable.

No es el fin del mundo. Hay que aprender nuevas conductas

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