8 M 2021

Educación en igualdad

El Día Internacional de la Mujer originalmente denominado Día Internacional de la Mujer Trabajadora, conmemora la lucha de la mujer por su participación dentro de la sociedad, en pie de emancipación de la mujer y en su desarrollo íntegro como persona. Se conmemora el 8 de marzo y es fiesta nacional en algunos países. ​​ Fue institucionalizado por las Naciones Unidas en 1975 con el nombre de Día Internacional de la Mujer.

En la II Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas realizada en Copenhague en 1910 Clara Zetkin propuso y se aprobó la celebración del «Día de la Mujer Trabajadora», que se comenzó a celebrar al año siguiente. ​ La primera conmemoración se realizó el 19 de marzo de 1911 en Europa, más concretamente en Alemania, Austria, Dinamarca y Suiza; desde entonces se ha extendido a otros países y continentes.

En 1972, la Asamblea General de las Naciones Unidas declaró a 1975 Año Internacional de la Mujer y en 1977 invitó a los Estados a declarar, conforme a sus tradiciones históricas y costumbres nacionales, un día como Día Internacional por los Derechos de la Mujer y la Paz Internacional. Más información

En el siglo XX podemos decir que comenzó la era de la mujer con sus primeras huelgas en 1908. 40 años después, el artículo primero en la Declaración de los derechos humanos se dice que todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y 30 años más tarde nuestra primera constitución democrática tras la dictadura franquista expresa en su artículo 14 que los españoles son iguales ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social.

Esas simples y tajantes frases resumen un principio de igualdad democrática de un mundo contemporáneo que se ha acostumbrado a que los artículos más sagrados de nuestros derechos son violados constantemente. Y eso nos recuerda que los derechos no se obtienen de una vez para siempre, sino que se han de conquistar día a día, o conformarnos con someternos al poder de quienes ostentan una injusta superioridad en el mundo, por su raza, por su religión, por ser perfectos… o por ser hombres. El patriarcado, de mano del capitalismo y con la innegable ayuda de algunas religiones y culturas ancladas en el pasado, pesa todavía sobre nuestras espaldas de un modo escandaloso, en pleno siglo XXI, en donde, por otro lado, estamos tan avanzados tecnológica e ideológicamente, que aceptamos cosas inimaginables en otros tiempos: una de ellas la libre elección de género, que supera el concepto mismo de igualdad en un género binario.

Millones de mujeres en todo el mundo, sea un país desarrollado, pobre o primitivo, sufren el mismo desprecio por el mero hecho de ser mujeres, es decir, inferiores a los hombres. Solo el ser humano es capaz de defender con la razón unos principios y hacer lo contrario con sus hechos.

Es una lucha que nos afecta a todas y a todos. El primer paso, quizá el más difícil de todos, es deprenderse del machismo inculcado por generaciones en una inmensa mayoría social. Es decir, ser feminista, implica necesariamente no ser machista y en esto es fundamental una educación transversal en todas nuestras etapas evolutivas. El ser humano, como todo animal, es aprendizaje, pero en nuestro caso no es solo genético o adaptativo, sino que además es racional, puede dirigirse en una dirección u otra en base a nuestra libertad.

Es un error concebir la vida humana como algo individual, que en parte lo es. Pero lo mejor de nosotros mismos, lo que nos hace diferentes y únicos, es la conciencia de interconexión universal: todos nos necesitamos, todos somos iguales, a pesar de las diferencias que puedan definirnos como persona.

Obviar el problema de alguien por no ser el mío es un error porque todo problema nos afecta, sea propio, del vecino o del extranjero. Ese individualismo que busca el poder, ese egoísmo que nos convierte en inhumanos fomentado por quienes lo tienen, no quiere que todos seamos libres e iguales. Porque si empezamos por las razas o los géneros, acabaremos reclamando igualdad en las riquezas, en las oportunidades, en el trabajo, en los servicios técnicos y humanos…. Hablar de igualdad es siempre revolucionario, porque el poder parte de la desigualdad, porque solo cede un poco a regañadientes, obligado por la presión social, no sea que la cosa se ponga más fea.

Da vergüenza que en el siglo XXI fallemos en lo más básico. Pero no hay que abrumarse por el largo camino que nos queda por recorrer. El camino más largo comienza con un primer paso y nos da fuerza pensar en todas aquellas mujeres que han sufrido y luchado tanto en sus vidas, la inmensa mayoría desconocidas. Hoy, que al menos empezamos a darnos cuenta de todo eso, tenemos el deber ético de seguir defendiendo los derechos humanos. Por ellas, por nosotras.

Estamos juntas en esto

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