30.000€

Desigualdad

Ayer dieron la noticia en una TV nacional de que la actual residencia del ciudadano Juan Carlos cuesta 30.000€ por noche. No importa ni el lugar ni los pormenores. Lo que importa es que esa cantidad de una noche al que escribe estas líneas le costaría 3 años de trabajo con su actual sueldo exclusivamente invertido en eso. Sin contar con los gastos que supondrá el tren de vida en un lugar como ese. En España el salario mínimo interprofesional está en 950€ al mes (31,66€ al día). El ingreso mínimo vital para una persona individual, son 469,93 euros al mes (15,66€ día). Conseguir estos mínimos ha costado lo suyo y con muchos requisitos. Y ya no digamos los que trabajan en negro, jornadas reducidas, sin papeles o en condiciones de miseria. Quien quiera entretenerse calculando los años de vida que le costaría a un pobre trabajar para pasar una sola noche en un aparthotel como el que citamos que lo haga, pero aquí no se trata solo de eso.

No queremos entrar en el tema de la realeza como tal, porque pensamos que es algo del pasado que no tiene sentido en pleno siglo XXI. Pero ya que lo admite nuestra Constitución y a la espera de que eso cambie algún día, ciñámonos a la desigualdad que la situación implica. No se trata simplemente de un rey, sino del colectivo del lujo que hace de la brecha social un insulto al género humano.

Pero precisamente lo citamos a él, porque ya que está ahí, viene a representar con su vida lo que ha significado estos años de transición democrática en España. Desde un principio ha habido un gran secretismo en torno a su figura, comenzando con el 23F, cuyo aniversario recordamos hoy, archivado como un alto secreto, sin saber toda la trastienda. Juan Carlos se nos ha vendido como el gran salvador de aquel triste momento, pero, sin embargo, se han dejado caer sombras sobre él, en este punto y en muchos otros a lo largo de toda su vida. Nos han ido llegando a cuentagotas cosas del pasado, que nos han cambiado la imagen siempre sospechosa de libertino en todos los sentidos, para tener ya algunas certezas de que su vida privada pudo ser una gran mentira orquestada desde todos los ámbitos del poder. Y ya sabemos que lo privado en un personaje público no existe. Esté donde esté sigue siendo un rey, o un presidente, o lo que sea. Entra en el contrato su ejemplaridad ética y ciudadana.

Aún estamos en lentos juicios que van destapando toda la corrupción que ha acompañado nuestra democracia y que se nos va entregando en dosis pequeñas y circunstanciales que nos hacen cada día convencernos más de que ha sido un personaje que puede ser la vergüenza de España, aunque pueda haber tenido algún acierto en su carrera, cosa que tampoco la tenemos clara. Lo que parece evidente es que su ejemplaridad ha caído en picado y con él la de todo su entorno familiar, político e internacional. No sabemos si alguna vez sabremos toda su vida y milagros, que, en conjunto, tampoco interesa demasiado, excepto la desigualdad que implica, su gasto público y el ambiente social que capitaneó. Porque si el prior juega a los naipes, ¿qué harán los frailes? ¿De dónde salen tantos millones?

Así que no es de extrañar que haya muchos personajes de las altas esferas en entredicho en este breve paréntesis en el que por fin se rompe el silencio sepulcral en torno por ejemplo al honorable Jordi, que ya predijo que si le pillaban a él, caerían todos los demás. Por cierto que sobre él y su familia ni una palabra de más ni de menos. Los que han sido condenados salen en un plazo breve de tiempo y siempre con recursos propios a mansalva. En Catalunya solo se habla de independencia.

Así es que la penumbra del ciudadano Juan Carlos acoge bajo sus protectoras ramas a toda la corrupción española que hoy, más que nunca, se contempla atónita en el mundo entero, aunque con cierta hipocresía, puesto que resulta que al final algunos ya lo sabían. Cómplices que se han tapado unos a otros y que ahora algunos medios destapan lo que en otros tiempos taparon.

Vivimos un mal momento de tensión por la pandemia que nos coarta la libertad por un lado, y, por otro, la urgente necesidad de transparencia y diálogo que salve nuestra democracia del grave peligro de la negación o la violencia. Ahora no es momento de independencias autonómicas, ni de oscurantismos procesales, ni de regateos sociales. No es momento de la política de enfrentamiento. Es el momento de salir de este angustioso desafío sanitario y económico, que puede acabar con la vida de muchas personas y de reducir a la pobreza más absoluta a muchas más de las que ya son.

No es momento de alardes en autoexilios dorados de algunos ciudadanos españoles (Juan Carlos no es el único) y es hora de concentrar fuerzas para vivir con certeza esta democracia que algunos proclaman plena y que otros vemos tocada, pero no hundida. Luchar entre nosotros por 30.000 euros no vale la pena. Pero discutir por una democracia mejor y transparente, sí.

La tentación de la violencia

Deja un comentario