Editorial

El año que vivimos peligrosamente

Sin darnos cuenta hemos llegado a mitad del 2020 con la marea de la pandemia que nos tiene descolocados. No podíamos sospechar lo que se nos venía encima y a estas alturas ya nos vamos haciendo cargo, aunque parece que no lo tenemos del todo asimilado. Ciertamente es una profunda desorientación cuando se cae en pedazos el mundo construido que, como se ha demostrado, es un gigante con pies de barro. Porque, aunque hay muchas cosas de esta sociedad tan brutalmente desigual que ya sabíamos, nunca nos había tocado tan de cerca. Esa es la novedad. Hasta ahora, las epidemias afectaban a los llamados países pobres, que desde siempre han sufrido pobreza extrema y hambre. Pero eso era mera apariencia.

No nos han conmovido los avisos repetidos que nos ha mandado la naturaleza sobre otras epidemias que se cebaban en esos países. Recordemos simplemente el caso del ébola, que nos hizo temblar simplemente por repatriar a un enfermo a su país de origen. Tampoco nos hemos conmovido por el hambre que mata a millones de personas en el mundo, ni por las catástrofes naturales que dejan en la miseria a millones de personas y sufren sus efectos años y años, como es el caso de Haití.

Pero lo peor es que nunca hemos pensado por qué se dan esas desigualdades tan brutales en el mundo y, menos aún, nos hemos sentido responsables para potenciar políticas nacionales o internacionales que acabaran con esa situación. Y ese pensamiento de cuestiones lejanas ocultaba a la vez la cara de la pobreza de nuestra propia sociedad rica. ¿O es que no sabía nadie en España que aquí también hay gente que no puede comer si no se lo dan, o no tienen techo, o no pueden trabajar? ¿Es que nadie sabía que en España hay más trabajo en negro que legal? ¿Es que tampoco sabíamos la cantidad de miles de millones que se defrauda a Hacienda y que ni siquiera nuestras leyes han luchado contra ese fraude? ¿O que los ricos de verdad, roban todo lo que pueden? ¿Que los paraísos fiscales no solo están en lejanas islas, sino también, por poner un ejemplo, en Madrid? ¿Dónde está la sociedad indignada del 15M?

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